Cuando uno es chico espera la gran felicidad...
Y a la espera de ese fenómeno, se dejan pasar o no se aprecian las pequeñas felicidades, las únicas que existen..."
Ernesto Sabato, 1961.
"Creer en algo superior que de algún modo rige nuestra existencia. Pensar que buena parte de aquello que nos sucede está predeterminado. Jugar con la idea de un libretista anónimo que escribe algunas de las situaciones que vamos viviendo y sentirse simplemente un actor que representa esas situaciones.
Son todas estas cosas a las que soy muy afín. Creo fervientemente en
Otras veces me encuentro en tales situaciones que, por extraordinarias, parece imposible el hecho de que hayan surgido espontáneamente. Situaciones que parecen dar cuenta de la existencia de una suerte de Woody Allen que las planeó de antemano. Jamás me van a hacer creer que encontrarme en pleno enero en una playa de
Naturalmente, no soy el primero en creer en este tipo de cosas. No soy el primero en pensar que alguien o algo que no llegamos ni llegaremos a conocer nunca, decide al menos algunas de las situaciones por las que iremos pasando a lo largo de nuestra vida.
Sin ir más lejos, Jorge Luís Borges en su “Obra compuesta en
También Borges en su Soneto II de “El Ajedrez” dice:
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador y éste, la pieza
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonía?
Y Alejandro Dolina en su opereta criolla “Lo que me costó el amor de Laura” se pregunta:
¿Quién es el que decide
pasiones y destinos?
¿Quién dibuja el camino de nuestra vida y de nuestro amor?
Y más tarde dice:
Los días que vienen
y los transcurridos
viven en un libro,
vidalita,
que no es sucesivo.
Pero es aun mucho más interesante lo que dice Dolina en su libro Crónicas del Ángel Gris (Ediciones de la urraca, Montevideo, 1988) al comenzar el capítulo Los libretistas del mundo:
Representar escenas o situaciones que otros han inventado es un ejercicio que se practica desde hace milenios. El propósito de esta actividad es generalmente artístico. Sin embargo muchos han sospechado que la vida misma consiste en el cumplimiento de inapelables directivas escritas previamente por un autor celeste. Esta concepción del mundo impide la condenación de las conductas perversas: el actor se limita a obedecer y es siempre inocente.
Dolina después habla en ese mismo capítulo de una entidad residente en el barrio de Flores llamada “Los libretistas del mundo”, cuyos integrantes “comenzaron abasteciendo a cómicos y admiradores. Más tarde vendieron ocurrencias graciosas para las reuniones sociales. También se ocuparon de inventar retrucos, contraflores, frases brillantes, maldiciones, refranes, aforismos, protestas de inocencia y discursos. Después se atrevieron con piezas más importantes: renuncias, declaraciones amorosas, pretextos y rupturas.
Y más tarde agrega que “algunos (…) aseguraban que todos los sucesos del mundo eran hijos de la perversa imaginación de los libretistas”.
Mi postura con respecto a esto es aquella que Dolina dice tenían los Hombres Sensibles del barrio de Flores, quienes “no negaban el poder de la entidad, pero creían que cada uno podía dar a sus intervenciones un toque personal”.
Yo creo que la vida es como una improvisación en una clase de teatro: existen pautas antes de salir a actuar, que predeterminan la situación, pero una vez en el escenario lo que ocurre depende de uno. Las pautas ya no valen.
Yo creo, al igual que Arthur Schopenhauer, que es el destino el que baraja las cartas, pero somos nosotros los que jugamos.
El artista debe ser una mezcla de hombre, mujer y niño.
P. Picasso